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Un elefante en la fiesta



Las anécdotas de terror al momento de conocer a otras personas son tan variadas como la forma de un elefante. La trompa se parece al rabo, pero si enciendes la luz, no es lo mismo. Cuando conocemos a alguien, el contexto siempre es importante. No es lo mismo invitar un trago a alguien después de bailar, que después de una junta de trabajo. El elefante en el cuarto, la fiesta, el bar o el club nocturno es la falta de normas sociales que regulen cómo debemos presentarnos, conocernos y formar lazos de confianza sin ser parte de la epidemia del acoso.


La atracción es tan humana como el hambre y, sin reglas para nuestro apetito sexual, vivimos en un estado primitivo, salvaje y muchas veces violento. Es un milagro que nos sigamos reproduciendo. El elefante en la fiesta nunca desaparece. Podemos ignorar los casos de acoso en el entorno, huir de cada discusión sobre feminismo y apelar a la propia concepción de lo que es natural para justificarnos, pero inevitablemente nos mueve el impulso de nuestro genes para perpetuar nuestra especie.


Con su presencia, el elefante nos dice: nadie es ajeno a la epidemia del acoso y todos sufrimos sus consecuencias. En México, existe una diferencia artificial muy marcada en el ciclo de vida entre hombres y mujeres que amenaza nuestra supervivencia. Mientras que ellos nacen, crecen, intentan tener sexo sin reproducirse, a veces se reproducen y mueren; ellas nacen, crecen, son acosadas, dudan reproducirse y mueren… 9 de ellas al día, por el simple hecho de ser mujeres.


Cualquier punto de esta generalización puede objetarse, salvo la prevalencia del acoso entre las mujeres en México: en el 2016, a 344 mil mujeres les propusieron tener relaciones sexuales por una ventaja laboral y a 178 mil sufrieron represalias por negarse; a 78 mil trataron de violarlas y 24 mil sufrieron una violación. Estas cifras revelan que esto no es problema de algunos hombres inadaptados, sino de un sistema lleno de malentendidos que crea una cultura donde el acoso y la violencia se normalizan.



Elefante de Bansky… que el gobierno de EUA le obligó a despintar

Lo único que sabemos de nuestro elefante es que existe, sin reglas ni límites. Falta mirarlo, describirlo y entenderlo. Necesitamos acuerdos. Las normas culturales y las reglas morales que nos crean expectativas sobre el comportamiento de los demás deben servir a las personas, no al revés. El diálogo colectivo e incluyente es el único camino sin violencia para la transformación.


Determinar la nueva normalidad para las relaciones entre hombres y mujeres es responsabilidad de todos y no puede ser diseñado desde un escritorio. Al contrario, debe ser un proceso continuo de escucha mutua y formación de acuerdos… como Gentopia.

Lo que sí sabemos es que este elefante debe construirse sobre algunos principios: sin diferencias determinadas por los accidentes del nacimiento (como los genitales), sin expectativas sobre los demás y con grandes oídos para escuchar a todas las personas cuando las normas aceptadas por la mayoría les afecten. Solo así podremos mejorar nuestro ciclo de la vida: nacer, crecer, reproducirse, si se quiere, y morir en un México mejor al que se nació. Ayúdanos a domesticar al elefante. ¡Escríbenos!


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