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  • Olimpia Flores

Prohibir concursos de belleza



Por Olimpia Flores Ortiz

El derecho no es la justicia


"El derecho no es la justicia”. Premisa de Jacques Derrida, el argelino en Fuerza de Ley. No lo es porque el derecho se define por vía del cálculo. ¿Cuánto cuesta asesinar a mi mujer? ¿Cuánto cuesta robar recursos públicos? ¿Cuánto cuesta robar fruta en el mercado? ¿Cuánto debe costar la exhibición estereotipada de mujeres en los concursos de belleza…?


La justicia, en cambio, es incalculable. La “retribución del daño”, ¿te devuelve a tu hermana asesinada, o te resarce de una violación? ¿Un estafador de recursos públicos queda castigado con el monto de una fianza? ¿Por robar una fruta te mereces un castigo más largo que un ladrón de cuello blanco? En el cálculo del derecho, es un hecho que se cuela la perversidad. Ejemplo: el Código Penal de la Ciudad de México ha roto con el principio de proporcionalidad por lo que el sistema mismo es injusto. Mientras a los ladrones de cuello blanco les otorgan fianza, a los que se roban la verdura del mercado, no.


Entonces, si “El derecho no es la justicia”, no le exijamos lo que no nos puede dar; vaya, ni aunque enderezáramos los cálculos.


La ilusión punitiva


El feminismo ha incurrido en épocas recientes en la ilusión punitiva, y lucha porque se impongan sanciones de Ley a toda forma de violación de los derechos humanos de las mujeres. ¿Disminuye la violencia?


Mi feminismo es una apuesta libertaria y no una camisa de fuerza ceñida por la Ley. Le va mejor al feminismo con un derecho propiciador, que con uno que abone a la reyerta entre los géneros. Optemos por el camino de resignificación de los vínculos sociales, en lugar de imponer el respeto a las mujeres por medio de amenazas y escarmientos.


¿Procede o no prohibir la realización de concursos de belleza?


En el dictamen para reformar a la Ley de Acceso a una Vida Libre de Violencia, recién aprobado unánimemente por la Comisión de Igualdad de Género de la Cámara de Diputados, y listo para ser discutido en el Pleno en el siguiente período ordinario de sesiones, se dice de los certámenes de belleza:


“Artículo 17 Bis. Se considerará violencia simbólica…a la realización de concursos, certámenes, elecciones y/o cualquier otra forma de competencia en la que se evalúe, de forma integral o parcial, y en base a estereotipos sexistas, la belleza o la apariencia física de mujeres, niñas y/o adolescentes.


Artículo 17 Ter. Se encuentran comprendidos en la definición del artículo anterior, los concursos de belleza, certámenes de belleza y eventos de elección de reinas, princesas y otras expresiones similares.


Las instituciones públicas no podrán asignar recursos públicos, publicidad oficial, subsidios ni cualquier tipo de apoyo económico o auspicio institucional a la realización de los eventos referidos en la presente ley.” (Negritas mías).


Es certero que las instituciones públicas no fomenten la cosificación de las mujeres; su visión estereotipada; ni la rivalidad por razones de “belleza”, aunque a Lupita Jones, nuestra “Miss Universo” de los 90 y representante en México, le parezca que esto incurre en la “criminalización de la belleza” y que su concurso “empodera”. No es tarea de la Secretaría de Turismo fomentarlos ni de las escuelas poner a las niñas a rivalizar. A las instituciones del Estado y a la política pública, corresponde fomentar el reconocimiento a la diversidad, el derecho de igualdad, la no violencia hacia las mujeres, la solidaridad y el respeto entre todas las personas.


Pero si hay mujeres adultas que quieran exhibir su cuerpo, bajo el patrocinio de privados, en democracia deben poder hacerlo.


Violencia Simbólica en concursos de belleza


Imponer en la Ley tipos penales de facto y de tal ambigüedad, permite la contradicción.


La violencia simbólica es un valor omnipresente y subyacente a toda la cultura y por lo tanto indefinible. En la exposición de motivos del dictamen, se alude al concepto de Pierre Bourdieu, el gran sociólogo francés de la segunda mitad del siglo XX:


La violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en unas «expectativas colectivas», en unas creencias socialmente inculcadas. (Bourdieu, 1999, p. 173).

El dictamen la define como “la expresión, emisión o difusión por cualquier medio ya sea en el ámbito público o privado de mensajes, patrones estereotipados, signos, valores icónicos e ideas que transmiten, reproducen, justifican o naturalizan la subordinación, desigualdad, discriminación y violencia contra las mujeres en la sociedad.”


La violencia simbólica, inaprensible por la Ley y muchas veces imperceptible para la conciencia, se deriva del mito (en nuestro caso mayoritariamente de la simbología cristiana). Atraviesa a los cuerpos y es constitutivo de las estructuras de dominación. Está en un plano de abstracción que escapa a lo que la Ley puede calcular. ¿Prohibimos los vestidos de novia? ¿Perseguimos a las mamás empeñadas en la virtud y la pureza? ¿De una vez todas las religiones con todos sus rituales? ¿Cerramos las escuelas religiosas?


Violencia Mediática y censura


Y de la violencia simbólica las diputadas aterrizan en la “violencia mediática”:


“ARTÍCULO 18 Bis. Constituye una forma de violencia simbólica expresada a través de la publicación y/o difusión de símbolos, imágenes, mensajes y/o ideas estereotipadas a través de los medios masivos y electrónicos de comunicación, que de manera directa o indirecta promuevan la humillación, explotación, degradación, discriminación y violencia contra las mujeres poniendo en peligro su integridad.


La violencia mediática se expresa también en todos aquellos mensajes, ideas, símbolos e imágenes que naturalicen la relación de inferioridad entre mujeres y hombres, legitimando la desigualdad entre ambos y la construcción de patrones sociales, culturales, políticos y económicos estereotipados.”


Me pregunto si el feminismo colará a la censura de la libertad de expresión en la legislación mexicana, lo cual sería un atentado a la esencia democrática. Sentar el precedente es una pésima apuesta si asumimos que el feminismo es necesariamente democrático. En el juego de la correlación de fuerzas entre las tendencias políticas, la espiral sin fin de la censura alcanzará al feminismo: por disolutas.

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